Las enseñanzas de San Pedro

Después de varios días pensando si probarlo o no ayer fue el gran día, me decidí a sentir en primera persona el San Pedro. Eran muchas las cosas que había oído al respecto desde que llegué a Cusco, por un lado las que me hacían dudar “es un cactus alucinógeno con el que te puedes quedar loco, si no lo haces con la persona adecuada puedes salir de tu cuerpo y no volver a entrar”. Pero por otro lado estaban las otras muchas razones que que me atraían hacia él “es una planta que te conecta con la naturaleza, te hace sentir cosas inexplicables, te hace entender la verdad de las cosas, te ayuda a conocer tu interior, entender quien eres y que haces aquí, da respuestas a todas esas preguntas que están en tu cabeza”. Precisamente el dueño del hostal donde me alojo lo practica desde los 9 años y conoce bastante sobre el tema, me comentó que había un chico argentino interesado en probarlo y que si quería podía unirme a la ceremonia.

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El día empezó con dudas, miedo e incertidumbre, a las 10.30 salíamos del hostal Huber, Lucas y yo para dirigirnos hacia las afueras de Cusco, zona de pura naturaleza rodeada de montañas y paisajes de verde intenso. Después de una caminata de casi 1h de subida, sin apenas aliento llegamos a una cueva de roca en la cima de una colina. El sacrificio había valido la pena, aquellas vistas eran espectaculares, los tres sin apenas hablar nos recuperamos maravillándonos con nuestro alrededor.

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Seguidamente nos sentamos en el interior de la cueva en forma de circulo alrededor de un fuego que preparo Huber para dar inicio a la ceremonia. Después de prender los inciensos, hacer los pagos a la pachamama, cantos y rezos, nos dio a probar la prima toma de aquella especie de te verde frío con sabor amargo y desagradable. Ellos lo bebieron de un trago, a mí me llevo mi tiempo por las arcadas que me provocó y que no cedieron, la sensación de angustia, ganas de devolver y malestar en el estómago me acompañó a lo largo del día. Tras la primera toma los efectos aun eran impredecibles, yo salí fuera de la cueva a deleitarme con las vistas pero sin sentir nada fuera de lo común, me entró sueño y me quedé dormida hasta que una hormiga, que por primera vez vi de forma tan clara hasta el punto de poder detectarle los ojos, me despertó.

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Bajé a la cueva y allí estaba Huber preparando la segunda toma, pero de repente empezó a llover y un grupo de estudiantes que estaban de excursión se refugiaron también en la cueva, así que tuvimos que esperar, Lucas y yo sentados alrededor del fuego intentando entrar en calor, y Huber fuera mojándose a la vez que rezada y movía una especie de sonajero sagrado pidiendo que la lluvia cediera. Sorprendentemente paró de llover, no sé si Huber tuvo algo que ver, pero nos dijo que el ser de arriba le había concedido el día sin lluvia con la condición de que a la noche nos resguardáramos, porque desataría una gran tormenta.

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Tras la segunda toma, abandonamos la cueva y continuamos con la caminata, esta vez nos dirigimos a el valle de los espíritus. Los efectos ya se dejaban notar y la percepción de aquella naturaleza a nuestro alrededor se había agudizado al igual que todos nuestros sentidos, en mi caso no fue de completo disfrute por las nauseas y malestar que no me abandonaban. En el valle nos sentamos a observar nuestro alrededor, sentir y pensar. Mis pensamientos iban a mil, todo estaba súper claro, no se si era mi cabeza o alguien me lo dictaba, pero tenía respuestas para todo. Empecé a entender muchísimas cosas, lo que verdaderamente importa en la vida y la base de todo. Me sentí conectada e hija de la madre tierra. Huber se nos iba acercando sonando el sonajero para que no nos alejáramos demasiado de la tierra ni nos dejáramos envolver por ninguno de los seres que habitaban aquel valle.

Tras aquel lugar fuimos a el primer Machu Pichu, un lugar que de nuevo nos dejó a todos boquiabiertos y en el que nos volvimos a sentar para sentir, disfrutar y meditar. Fue en ese lugar, sentada en una de sus piedras donde más preguntas se me resolvieron acerca de mi persona y mis propósitos en la vida, pude hasta visualizar mi futuro y además entendí que debía aportar a mis seres queridos, visualizándolos uno a uno, soltando alguna lágrima por no poder abrazarlos en aquel momento tan emotivo.

De ahí nos dirigimos a el lugar del no tiempo, templo donde según Huber se encuentran siete espíritus que están atrapados en el tiempo y generación tras generación las familias traen ofrendas para intentar liberarlos, pasamos otro rato sentados, Huber empezó a tocar la flauta y cantar, esta vez yo no estaba tan conecta debido a el frío que tenía en el cuerpo. Seguidamente visitamos el templo de la luna donde vimos la piedra donde años atrás cada noche se sacrificaba a una joven virgen arrancándole el corazón, la energía de aquel lugar era fuerte y palpable.

Finalmente fuimos al templo del corazón de la pachamama para despedir el día y recibir a la noche. Desde allí recibimos a Venus, primera en aparecer al ocaso. El cielo empezó a ponerse negro y empezamos a ver las nubes en formas muy extrañas, de repente las nubes cambiaron al color rojo claramente pudimos visualizar un demonio, Huber nos dijo que lamentablemente estábamos asistiendo a la imagen de en lo que se estaba convirtiendo el mundo y que no había forma de pararlo.

El sol desapareció en aquel misterioso lugar y una vez entrada la noche emprendimos el camino de regreso a el mundo real, a la ciudad, a la civilización. Justo antes de cruzar la carretera que separaba la montaña del pueblo Huber nos advirtió: de acá para allá lo real y natural, de allá para acá, lo humano y artificial. También nos pidió que de camino al hostal no nos distrajéramos con nadie, que éramos seres de luz en un estado muy sensible y que podíamos cruzarnos con seres malos que nos atraparan.

Cruzamos el pueblo como si estuviéramos hipnotizados por él, siguiéndole sin distraer la vista a ningún otro lugar. Mis piernas empezaban a flojear, solo había comido una pera en todo el día y me faltaban fuerzas además de la angustia y mareo provocado por la planta.

Una vez refugiados la tormenta desató sin piedad, tal y como Huber había previsto. Yo fui al baño y tras contemplar mi rostro en el espejo vi que los efectos no habían menguado. Me lavé la cara y comí un poco para ver si aquel mareo desaparecía. Mientras, los chicos preparaban otro fuego e incienso para concluir la ceremonia. Sentados alrededor, hablando de las sensaciones, finalizamos la experiencia.

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