El Nido, pequeño paraíso escondido en un rincón de Palawan

Después de unas cuantas horas de retraso, a las 21h poníamos los pies en puerto princesa, en la isla de Palawan. Desde allí nuestra intención era coger un autobús a El Nido pero decidimos esperar al día siguiente ya que eran 6h de viaje y no queríamos llegar de madrugada sin alojamiento. Así que después de dormir como bebés en unos bungalows comodísimos que conseguimos reservando por internet por el módico precio de 4 euritos y con desayuno incluido, a las 7 am ya estábamos en una mini furgoneta con 12 personas donde cruzar las piernas requería ser acróbata. Baches y más baches a lo largo del trayecto, en estos casos mi anestesia suelen ser las vistas que me ofrece el viaje, algo turbias en esta ocasión debido a los cristales oscuros pero que aun así nos permitieron visualizar paisajes que hacían presenciar a donde nos estábamos acercando.

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A las 14h nos bajamos de aquella tortura como si nos hubieran dado una paliza pero cuando vimos lo que teníamos alrededor se nos curaron todos los males. Aquellos fantasiosos peñascos calizos que nos recordaban a los de Tomsai, aquel verde tropical de la interminable vegetación y aquel pueblo apartado, perdido al final de la isla y que parecía se había quedado estancado miles de años atrás. Las chabolas de bambú donde vivía desde la abuela casi centenaria hasta el bebé que apenas se pone en pie, desde el cerdo que alimenta a la familia, hasta las gallinas que les dan los huevos, no electricidad hasta bien pasado el mediodía y solo unas horas. Ni un turista, no Seven Eleven, no Atm, todo al estilo local, perfecto! Justo lo que andábamos buscando 😉

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Un chico que había conocido en Laos y que justo acababa de estar en Filipinas me recomendó dormir en Las Tres Verdes y tuvimos la suerte que tras andar no más de 5 min desde donde nos dejó el bus, nos dimos de narices con el lugar. Allí nos recibió una familia que ha sido de lo mejor que nos ha pasado en el Nido. Gente que además de amable, cariñosa, honesta y generosa nos ha regalado cada día su sonrisa, su positividad, su felicidad y entusiasmo por la vida recordándonos a diario que cada uno es libre de escoger como quiere afrontarla al margen de sus circunstancias. Día tras otro de los que hemos tenido la suerte de convivir con ellos nos han demostrado lo llena que es su vida, a pesar de tener escasísimos recursos, ellos no necesitan ni quieren nada más, tienen lo esencial, se tienen los unos a los otros porque para ellos la unidad de la familia lo es todo y no conciben la individualidad de los países de donde nosotros provenimos. A pesar de hacer tareas similares, sus días no siguen ninguna rutina ni están planeados, simplemente viven y disfrutan de cada momento y lo único que los condiciona son las fuerzas de la naturaleza. Siempre acompañados de música, cantando y riendo a todas horas.

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En mi memoria grabados momentos con las adolescentes de la familia, dos simpatiquísimas jovencitas que se morían de risa por cualquier cosa que les contara, siempre regalándonos su buen humor. Juntas de la mano, jugaban a meterse en el mar con la ropa y a carcajadas bajo, la ya familiar para ellos, lluvia.

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