IMPRESIONES Y SENTIMIENTOS

No tengo ni la menor duda de que Sydney bien merece ser una de las capitales del mundo, una gran ciudad a la vez que hermosa y con ese complemento tan valioso y esencial para mí como es el mar. Sin embargo, aquella sensación de frío que note tan solo pisar sus calles mi primer día todavía permanece en mí, y es que no se trata solo de la temperatura, sino de un sentimiento de soledad que me mantiene presa desde mi llegada.

Posiblemente parte de la culpa la tengan los lugares por los que he pasado recientemente, y es que cuando vienes de países tan alegres, coloridos, cálidos y espirituales como los asiáticos, aterrizar en una gran ciudad desarrollada y más en la parte financiera que es donde yo vivo hace que el lugar te parezca gris y frío. Al pasear por sus calles cada mañana cuando me dirijo al trabajo, no paro de cruzarme con gente seria, con miradas perdidas, que se cruzan sin mirarse, vestidos con tonos oscuros e intentando seguir la última tendencia, con teléfonos de última generación y bolsos de marca, posiblemente con muchísimo poder adquisitivo pero que no te regalan ni una sonrisa ni unos buenos días y siempre con mucha prisa, time is money in this city. Es inevitable echar en falta las miradas transparentes y enérgicas, las enormes sonrisas, los amables saludos, los coloridos atuendos, la vida en comunidad, las ganas de ayudar, de compartir lo poco que se tenga y el slow time, ese que al principio me ponía tan nerviosa pero que con el tiempo me fue demostrando su razón de ser con los beneficios de sus resultados.

Por las noches desde el jacuzzy de la terraza de mi piso, después de todo el día trabajando, metidita en el agua ardiendo y rodeada de edificios iluminados, es un buen momento para psicoanalizarme e intentar entender que es lo que va mal. Posiblemente el paso por esta ciudad sea un pequeño aviso de lo que me espera el día, inevitablemente cada vez más cercano, de el final de mi viaje. Cuando vuelva a retomar la vida que me dejé aparcada aquel 10 de octubre.

Después de haber vivido un estilo de vida tan diferente al occidental es cuando te das cuenta como occidente ha olvidado algo esencial en la vida, que todo esta conectado y forma una inmensa unidad. El mundo oriental en cambio empezó un viaje hacia dentro. Cuando se penetra en el interior, las leyes cambian y el territorio por descubrir se resiste al análisis pero no a la observación. Cuando existe consciencia pensar se vuelve algo tan superfluo que resulta innecesario.

Hay algo que falla y no solo en Sydney sino en las ciudades en general. Porque esa tristeza, ese estrés, esa insatisfacción constante, ese individualismo, esa falta de valores, esa deshumanización. Vivimos en una sociedad en la que no nos abrazamos, no nos sentimos, no nos besamos, no nos olemos, no nos fundimos en piel, corazón y alma para sentir lo que realmente mueve el mundo… Eso es lo que falla… La falta de amor en todos los rincones.

En fin, no sé si cuando vuelva sentiré lo mismo pero lo que esta claro es que yo no soy la misma, aquella Sandra que un día decidió coger la mochila e irse a ver con sus propios ojos que había ahí fuera, a descubrir aunque no supiera el qué, a salir de su rutina y de su perspectiva de vida que sin razón aparente no le terminaba de llenar.

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