GENTE SENCILLAMENTE LLENA

Una de las cosas que mas me gusta de mi viaje es como casi sin darme cuenta, paseando por las calles sin rumbo voy a parar con gente que no deja de sorprendente. A veces tengo la intuición de que tengo que ir en una dirección y gran parte de las ocasiones es porque algo me espera allí. Así es como he tenido la suerte de ir encontrando numerosas perlas en mi camino y algún que otro diamante que poquito a poco van llenando mi mochila de valor.

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Tanto en Ubud como en las aldeas de los alrededores viven centenares de artistas: pintores, músicos, bailarines, tejedores, talladores, fabricantes de marionetas y máscaras… Es asombrosa la cantidad de gente empeñada en crear cosas bellas, hasta tal punto su cultura está penetrada por las artes, que esta gente no tienen palabra que designe al arte ni al artista: al arte no se lo considera en modo alguno una actividad aparte, sino simplemente como parte de la preocupación balinesa por “hacer las cosas lo mejor posible”.

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Gusti, es un hombre de mediana edad que se esta construyendo una casa justo enfrente de la familia donde yo me alojo. Pero lo gracioso es que no puede vivir en esa casa en la que tanto tiempo e ilusión está invirtiendo ya que por tradición tiene que permanecer en la de su familia. Cada vez que me ve, me llama para que me siente un rato en el patio de su casa y charlar mientras me prepara un coco fresquito de los que tiene en su jardín. Le gusta practicar inglés conmigo y a mi me encanta que me explique infinidad de peculiaridades de su cultura como la construcción de su casa al estilo balines. Viene de una familia de artistas, como es habitual en Ubud, tienen una galería de esculturas y pinturas y me estuvo enseñando los bocetos que pinta su abuelo.

Wayan, es el propietarios de unos campos de arroz desde donde se ven una puestas de sol mas bonitas de Ubud. Lo conocí una de las tardes que estaba allí disfrutando del ocaso y desde entonces también disfruto de tardes en su compañía a las que a veces se nos une Tereso, un señor australiano de unos 60 años que se ha retirado y se ha venido a  vivir a Bali. Me encanta hablar con él, como se nota cuando la gente habla desde la experiencia, lo mucho que hay que aprender de nuestros mayores.

Andrés, un joven de Java que tiene una tienda de café y siempre me da a probar uno diferente. Le encanta que le cuente mis anécdotas de los viajes, porque para gran parte de los balineses de clase baja lo de viajar es algo prácticamente imposible.

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Zia, una chica de mi edad, que se vino de Java para trabajar en un colegio de niños en Bali. Con ella contacté por couchsurfing antes de llegar a Ubud y me ayudó a encontrar alojamiento. Compartimos muchas aficiones en común como el yoga, la música y el baile por lo que hemos hecho bastantes cosas juntas. A veces hablamos de la diferencia que hay entre el rol que tiene la mujer en Indonesia y el que tiene en mi país. Para ella es normal actuar de forma totalmente sumisa a los chicos porque es su cultura y le cuesta entender que en mi país nosotras podemos llevar la contraria a los chicos. Se queda alucinada cuando le cuento que en España la mayoría de las veces son las mujeres las que llevan los pantalones 😉

Recuerdo el primer día que llegue a Ubud que me dijo si quería ir con ella a un evento donde la gente de la calle se apuntaba e iba a mostrar sus dotes artísticas. No os podéis  imaginar la de artista por metro cuadrado que había ahí metido, cantantes, músicos, poetas, escritores, bailarines… Fue donde realmente me di cuenta de la riqueza de el lugar donde acababa de llegar. De repente uno de los chicos me preguntó, y tú, qué sabes hacer…? Me quedé callada unos segundos y le respondí, pues la verdad es que aún no lo sé

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Ang, es un chico de Sumatra que se pasa el día en la playa de Kuta alquilando tablas y enseñando surf a los turistas y con el dinero que se saca además de pagarse el alquiler y la comida se lo envía a su madre para que sus hermanos puedan ir a la escuela. Hoy me contaba que como esta muy moreno por pasar todo el día al sol, las chicas indonesias no le quieren y que a el le gustaría conocer a una foreiner, como ellos nos llaman, pero que hasta el momento no ha tenido suerte, jejej. Con él y sus amigos paso muchas tardes viéndoles surfear y oyéndoles cantar reggae. Es increíble como se desenvuelven encima de la ola, algunos de ellos hasta se pegan un baile encima de la tabla, hacen que parezca algo tan fácil como un juego de niños. Además todos saben tocar la guitarra y cantar, es algo nato para ellos, yo me siento una analfabeta a su lado cuando a veces me pasan la guitarra y se sorprenden de que ni la toque ni cante, pobrecitos, no saben lo que me están pidiendo, puedo provocar una tormenta que arruine su día de trabajo. Ellos lo aprenden desde pequeños por lo que les sale como algo natural, ninguno se ha puesto a estudiar música con una partitura.  Ang tiene una voz increíble y le pone tal sentimiento que cuando le pido que me cante una de mis canciones favoritas de Adele, hace que se me ponga la piel de gallina.

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