UN DIA CUALQUIERA EN UBUD

La vida en Ubud empieza muy temprano, nada más salir al sol y con los cantos matinales de los gallos, los balineses se disponen a empezar su día de trabajo aprovechando la tregua que el calor les brinda las primeras horas de la mañana. Vivir a 8 grados por debajo del ecuador tiene sus consecuencias y hay horas del día en que el calor hace que el simple hecho de caminar por la calle se convierta en algo agotador.

A mi también me gusta empezar el día temprano así que a las 7 me levanto y me bajo con mi ipad a una cafetería que tiene wifi a desayunar. Bajando la calle me voy cruzando con mis vecinos, las señoras que vienen de la compra con sus cestos en la cabeza, con las niñas de uniforme y dos trenzas que se van al cole, con el abuelito que barre la puerta de la casa, con las muchachas que preparan las bandejas de ofrendas, con los vendedores que van con sus carritos y con las motos tocando el claxon. Todos me saludan con una sonrisa de oreja a oreja, muchos ya se saben mi nombre y cada mañana me preguntan how are you today, where are you going, las dos preguntas típicas de los balineses.

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En la cafetería me siento en unos cojines en el suelo, a la forma asiática, y me pido mi doble expreso, mi único caprichos del día porque me cuesta casi como la comida y la cena. Aunque desde el punto de vista occidental sean 2 míseros euros, desde el punto de vista asiático mochilero son 2 eurazos. Con la música balinesa de fondo, wifi y cafeína empiezo un nuevo día en la isla de los dioses y asombrosamente inspirador Ubud. Después de contestar whats, email y escribir un poquito, voy al mercado local a comprar la fruta y verdura para todo el día y a las 10 empiezo mi jornada intensiva de yoga. A veces entre clase y clase aprovecho para ir a visitar a alguno de mis amigos locales o a pasear por los senderos y campos de arroz que se encuentran a la vuelta de la esquina. A la noche, cuando acabo las clases, solamente tengo que pasear tranquilamente por la calle principal porque siempre ocurren cosas, espectáculos de danzas tradicionales, música en directo, celebraciones y festivales en los templos o rituales extraordinarios que se desarrollan como si fueran la cosa más normal del mundo. Otros días estoy tan cansada de las clases que simplemente me tumbo en mi terraza a leer un libro, hablar con la familia o a ver las estrellas (como voy a echar de menos este cielo cuando vuelva).

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En definitiva, mis días en Ubud están siendo, por un lado, días de yoga y meditación con los que estoy aprendiendo mucho y descubriendo nuevas sensaciones, días de paz, tranquilidad y bienestar interior al que no estoy acostumbrada. Por otro lado, me estoy topando de forma fortuita con gente increíble con los que estoy teniendo conversaciones y momentos memorables. Y por último, una sobredosis de arte y cultura además de increíbles paisajes en cada esquina. Tenía muchas expectativas puestas en Ubud pero nunca hubiera imaginado que este lugar me iba a regalar tanto en tan poco tiempo.

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