SENSACIONES CAMBOYANAS

Camboya era de esos sitios que pensaba que iba a ser uno más dentro de el conjunto de países del sur este asiático, un lugar por el que debía pasar dada su situación en el mapa, pero a veces el país que menos te lo esperas te sorprende y precisamente es lo que me esta pasando al descubrir este lugar, ha sido como una bofetada en toda regla ya que este país pose tanta personalidad e historia que en ningún caso podría considerarse uno más.

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La verdad es que yo no soy ninguna celebrito en temas de historia universal y aunque lo haya estudiado en el cole a los dos días no me acuerdo de nada, recuerdo oír las atrocidades que se cometían en Camboya y Vietnam pero yo era una enana y lo veía tan lejano que no prestaba atención. Quién me iba a decir que con los años acabaría visitando estos países y sintiendo tan cerca su historia.

Camboya tiene un pasado reciente de horror, con el genocidio a manos de los Khemeres Rojos y su líder Pol Pot, que con la excusa de volver al año cero y arrasar con cualquier signo de progreso con lo que arrasó fue con 1,7 millones de hermanos camboyanos (un cuarto de la población total del país) en cuatro años. Es imposible saber lo que siente la gente con la que me cruzo continuamente, de los cuales la mayoría ha perdido algún miembro de su familia o carece de alguna extremidad como consecuencia de algún desafortunado encuentro con una de las más de diez millones de minas antipersona que se calcula que aún siembran en sus campos. Lo que si tengo claro es la fuerza, fuera de lo humano, que este pueblo ha tenido y tiene para superar ese horror.

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Supongo que esto es lo que se siente al llegar a un país donde toda una generación fue borrada. Donde hay más gente joven que adulta, donde todos los intelectuales de una generación murieron, donde hombres, mujeres, monjes, niños, todos fueron obligados al trabajo forzado o a la muerte, donde un hombre tuvo la idea de generar un país sin clases, sin educación, sin hospitales, sin futuro y lo logró gracias al apoyo de unos pocos y una máquina sanguinaria que borró a más de 8 millones de personas del mapa.

La conciencia del amor propio está tan profundamente arraigada en las cosas más elevadas y más espirituales, que no puede arrancarse ni viviendo tales atrocidades. Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas: la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino. Es esta libertad espiritual, que no se nos puede arrebatar, lo que hace que la vida tenga sentido y propósito. Los camboyanos son un claro ejemplo de como muchas veces es precisamente una situación externa excepcionalmente difícil lo que da al hombre la oportunidad de crecer espiritualmente más allá de sí mismo. Después de todo, el hombre es ese ser que crea las minas antipersona y comete tremendas atrocidades, al igual que el que reza a su dios por no ser el siguiente en saltar por los aires.

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