WELCOME TO THE KINGDOM OF CAMBODIA

Después de dos día tirada en una hamaca leyendo, haciendo tubbing, intentando coger color en la playita del río, disfrutando de los atardeceres, comiendo mucho, conociendo infinidad de viajeros en los barecitos de la isla y cansándome de pedalear perdiéndome por las islas vecinas ( y nunca mejor dicho, ya que cuando me disponía a visitar las casacadas, que ya eran un caminito en bici y bajo el achicharrante calor, me pasé la salida y me perdí por la selva atravesando la isla de punta a punta, más de 2 horas totalmente aislada sin saber a donde iba y para colmo se me salió la cadena de la bici…vaya mañanita señores… finalmente di con una playa desierta donde vivía un hombre que me arreglo la bici y pude por fin visitar las cascadas ;)), hoy cojo otro bus para dejar Laos y cruzar la frontera a Camboya.

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El viajecito ha durado todo el día, contando la parada de casi dos horas en la frontera para tramitar el tema del visado. Ya me habían avisado de los niveles de corrupción en la frontera así que esta vez cansada de hacerme la guerrera y pelearme con los corruptos he decidido pagar 30$ de visa a la compañía del bus aun sabiendo que el precio son 20$ si la tramitas tu misma en la frontera y consigues saltarte a todos los corruptos que intentan cobrarte luego extras como el sello, la revisión médica y más cosas que se inventa para sacarte dinero, así que al igual que todos los que iban en el bus solo he tenido que esperar.
Mis primeras impresiones de Camboya no se han hecho esperar, a lo largo del caluroso e interminable viaje es difícil apartar los ojos de la ventana, hemos pasado por paisajes por los que es imposible pasar indiferente y pequeñitas aldeas de chavolas de bambú que dejan patente la pobreza que aun acecha este país. A las 11 de la noche hemos llegado a nuestro destino y la historia de siempre, todos los hostales baratos están FULL, menos mal que vuelvo a compartir con Nora y Edu, por lo que una habitación entre tres se hace asequible.

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El día siguiente lo he dedicado a familiarizarme con Siem Reap, pasear por sus callecitas, visitar sus mercados, comer en sus puestecitos de la calle, hablar con los locales, perderme en bici dentro de su caótico tráfico conduciendo bajo la ley suicida de el más fuerte. Su gente me está pareciendo encantadora, sonriente, educada y sorprendentemente servicial con el turista, se agradece que aunque siempre quieran venderte algo cuando les digas “no thanks” te sepan entender pero recuerda que nunca debes preguntar el precio porque entonces ya no te dejarán tranquilo con el regateo; al fin y al cabo, Siem reap vive de eso, de los turistas que visitan Angkor y están mucho más preparados que sus vecinos laosianos.

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Hay ciertas horas del día que es casi imposible andar por sus calles debido a las altas temperaturas y sus niveles de humedad que hacen que el más mínimo esfuerzo se convierte en algo agotador, así que las horas más asfixiantes siempre intento colarme en alguna piscina 😉

A la tarde he visitado la escuela de Jimmy, un camboyano que ha estudiado inglés por su cuenta y en el patio de casa de su madre ha hecho una escuela de inglés para que los niños vengan cuando acaban las clases del público. Es increíble lo bien que habla inglés Jimmy y lo bien enseñados y educados que tiene a los niños, os aseguro que para lo pequeños que son tienen un muy buen nivel y son muy disciplinados. Las clases van enfocadas a que ellos puedan desenvolverse con el turista por eso se agradecen visitas para que puedan practicar. Sabéis cual es el sueño de la mayoría de los niños de la escuela? trabajar de tuck tucks y poder algún día llegar a comprarse uno de ellos.

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Por la noche he dado un paseito por el típico night market y pub street por donde muchas veces no se sabe en que país se está por la concentración tan elevada de turistas y de locales al estilo occidental para su disfrute. Es un estilo Kohasan Road o como yo lo llamo el Lloret Asiático, menuda fauna se mueve por aquí 😉 La verdad es que da que pensar mientras se ve a los guiris dándose masajes o comiendo una mariscada y el contraste de los camboyanos que no pueden darse ese lujo porque no tienen ni para mantener su familia pero que al menos se sienten afortunados por estar vivos y no dejan de regalar sonrisas.

Me voy a dormir sin dejar de sorprenderme la fuerza de esta gente y de como han resurgido de sus cenizas tras décadas de guerra y aislamiento, habiendo sido parte de un país de atrocidades, refugiados, pobreza e inestabilidad política.

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