UN DÍA CUALQUIERA EN VARANASI

Un día cualquiera en Varanasi, para mí, consiste en levantarme muy temprano para poder ver el amanecer desde los Ghats, uno de los momentos del día con más magia en este lugar. Son unos minutos de serenidad que van desapareciendo casi sin darme cuenta a medida que el sol va saliendo y el gentío vuelve a apoderarse de las calles con ese bullicio tan propio de la increíble India.

Después hago un intento por desayunar y lo digo porque más de una mañana me he dado por vencida después de encontrarme sorpresitas como una ratita en la cocina, a el cocinero en calzoncillos y con un bulto algo sospechoso, una que otra cucaracha dirigiéndose a mi plato, monos y gatos saltando de mesa en mesa… en fin, a veces desisto porque misteriosamente mi hambre desaparece.

Luego me dirijo al cole donde he estado enseñando inglés como voluntaria y hablando un poco de España a unos niños más que agradecidos a todo lo que les aportes y con muchas ganas de aprender. Es increíble como en proporción en Europa cada persona toca a tantos libros que no podría leerse en una vida entera en cambio allí las mentes inquietas no tienen a su disposición ni una cuarta parte de lo que podrían llegar a asimilar. Da pena pensar que por mucho que reciban una educación difícilmente podrán ver otra cosa a la que están acostumbrados porque en India quién nace pobre es muy raro que pueda cambiar su destino.

Por las tardes suelo ir a pasear por la estrechez de las calles casi imposibles que también caracterizan esta ciudad, es deambulando a mis anchas, sin prisas y sin destinos, dejándome sorprender a cada paso, como verdaderamente estoy conociendo este lugar. No hace falta buscar nada, las emociones vienen solas y siempre encuentras algo que te impresiona. Hoy estaba sentada en un tranco viendo pasar la gente cuando de repente una niña que al verme se le ha encendido la mirada, ha venido directa a sentarse a mi lado. Ha resultado ser una niña encantadora que con 11 años se había escapado de un padre maltratador y que ahora se dedicaba a vender flores en los Ghats para poder pagarse el alquiler de una chabola. Me ha pedido que la acompañara que me quería enseñar su casa, uff, ¡tendríais que haber visto donde vive…! Me contaba como unos días era feliz pero que muchos otros no, que le habría encantado nacer en una ciudad como la mía y que solo dios decidiría sobre su futuro.

Otro de mis momentos preferidos del día, es una vez se ha puesto el sol, las ceremonias que se hacen en los Ghats. Las pujas congregan a locales y turistas en un ritual de fuego en honor a la Madre Ganga, a quien se ofrecen oraciones acompañadas de velas y flores que se depositan sobre sus aguas. Es un ambiente muy especial, donde es casi imposible no sentir el Karma y espiritualidad que caracteriza Varanasi.

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